Nunca hemos hablado en este blog de
Eurovisión, ¿verdad?.
Pues yo creo que ha llegado el momento de que...
...de que nos resignemos.
Tampoco esta vez vamos a cocinar un post eurovisivo. Se siente.
Dediquemos el tiempo a cosas que os interesan mucho más. Por ejemplo, mi salud.
Estoy bien. Al 100% no, claro, esos porcentajes absolutos son para cabezahuecas y gente sin apego a nada. Sobrevivo... qué sé yo, ¡me muevo!.
Pero tampoco vamos a hablar de mi salud. Dejadme al menos que conserve algo de privacidad, que mastique en solitario el delicioso manjar de mis propias peripecias. Me autofagocito. Ese es mi estilo.
Ay, con tanta metáfora se me ha abierto el apetito...
¡coñe! ¡galletas!.
Gracias, señoras.
Bonitos zuecos.
¿Por dónde iba?
Ah sí, por lo del post de hoy y tal.
Mira que os ponéis pesados a veces. Como si un post tuviera que tener necesariamente un tema concreto, como si no pudiera gravitar eternamente alrededor de las pulsiones típicas de un lunes. Ya sabéis: la pereza, la responsabilidad, el estupor, los sombreros extraños y las repúblicas exsoviéticas que se votan entre sí.
Lo dicho. Un 100% de los posts nacen completamente libres. Es mejor dejar que vaguen (en todos los sentidos) a sus anchas.
De nada sirve que les grite: ¡quédate conmigo!.
Una vez que la entrada ha sido escrita ya no me pertenece, como sucede con esta. Pasa a ser vuestra, queridos.
¿Cómo?
¿Qué significa que no la queréis?
¿EN SERIO QUE NO LA QUERÉIS?
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